Opa fue un hombre hecho de amor, de trabajo, de aprendizaje, de retos, de familia, de nobleza, de creatividad y un curioso humor negro.
Fue un amante de los libros, de los animales y de la gente pensante. Siempre alimentando la maquina, buscando saber más, tener más temas de conversación.
Dar una buena cátedra a mi hermano era de sus cosas favoritas.
Mi abuelo salía a trabajar por la mañana y a las 2 en punto regresaba a casa para la hora de la comida, tomaba un mezcal como aperitivo de pie en la barra de la cocina con su respectiva botana, hasta que llegaba el momento de sentarnos alrededor de su hermosa mesa de madera redonda, donde todos tenían un lugar.
Una mesa redonda donde todos éramos igual de importantes, sin principio, ni final.
La discusión entre mi hermano y yo siempre era quien se sentaría junto a Oma, la misma se resolvía con la intervención de nuestra mamá y la abrumadora verdad que cada nieto podía estar de cada lado de la abuela.
La hora del postre, el café y la sobremesa eran el momento más esperado, helado napolitano, galletas de estrella si era Navidad o plátanos bañados en cajeta acompañaban los interminables debates entre los eruditos de la familia, que se veían interrumpidos por la hora de la siesta de mi abuelo, no podia perdonar un sueñito rápido hasta que llegaba el momento de volver al condominio.
Debo confesar que yo no era su mejor publico, y después de un rato desaparecía debajo de la mesa para pasar la tarde acostada en el piso de cerámica roja acariciando a la Kena o viendo álbumes de fotos viejas.
Pero recuerdo bien que el sonido de sus voces, de sus risas, el hipnotizante cadereo del ventilador en el techo, las trabes en el techo, los libreros llenos de misterios, el tocadiscos que llenaba el aire de música clásica, operas y danzones me hacían sentir en casa, feliz.

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